Resulta más inquietante cuando nos preguntamos ¿nos debe gustar lo que vende nuestro cliente? Preguntas densas, cuestionamientos profundos y sensatos que normalmente no se tocan. Pero la comunicación tiene esa virtud, esa dualidad divisible por las veces que quieras, y hoy más que nunca, con esa autoindependencia casi inmanejable del mensaje.
Hoy queremos reflexionar sobre nuestra ineludible responsabilidad en temas socioambientales, más aún cuando la conversación es puesta en la mesa por una de las empresas de servicios básicos más representativa del país en este aspecto. Hablar de contaminación intradomiciliaria cuando tu cliente vende gas, el cual para funcionar, debe combustionar, es complejo. El tema no es hablar de cómo lo comunicamos, sino con qué armas lo enfrentamos.
La contaminación, como concepto, debe ser uno de los campos semánticos con más hashtags y referencias en la web, el más comentado en foros y con el timeline más largo en Twitter. Enfrentar un tema de conversación tan convulsionado como este solo se puede lidiar desde distintas plataformas de comunicación, donde el público es quien guía el mensaje. Aquí se echa por tierra el tan manido concepto: “El mensaje es el medio”, aquí el público es el vehículo del mensaje y si este fracasa en su intento por provocar más diálogo o RT, hasta aquí nomás llegamos.
La responsabilidad sigue siendo de la marca y de cómo presentamos el mensaje para que se transforme en una potente discusión. Si la conversación es positiva o negativa, da lo mismo, ya que la administración y manejo de ésta queda fuera de nuestra jurisdicción. ¿Cómo manejamos un diálogo en la mesa de la familia Sánchez sobre la contaminación intradomiciliaria un día domingo, a la hora del almuerzo? ¿Con una frase de radio? ¿con un tweet?
El valor del mensaje es lo importante, lo demás…contamina.
Equipo Edwards Asociados